Todos lo Sabemos
(O Deberíamos Saberlo)
By
Camila Montecinos
| Palabras clave: |
Tecnologías básicas; Derechos de propiedad intelectual; Fitomejoramiento.
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| Cita literal: |
Montecinos, C. (1999), "Todos lo Sabemos (O Deberíamos Saberlo)."
Monitor de Biotecnología y Desarollo, Compendio 1995-1997, p. 45-46.
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Los países en desarrollo deberían concentrarse en la ciencia y la tecnología modernas
en vez de hacerlo en el conocimiento local de tipo mitológico, dijo Daniel Goldstein en el
artículo de la Página 24 del número 20 de Monitor. Según Camila Montecinos,
esa opinión ilustra los prejuicios contemporáneos con respecto al conocimiento local. El reconocer
la diversidad existente en las formas cognitivas brindaría nuevas oportunidades para el desarrollo del Sur.
El primer prejuicio de Daniel Goldstein es que parte del supuesto de que la ciencia moderna y su tecnología
asociada son la única forma de resolver los problemas y de satisfacer las necesidades del mundo. No cabe duda
de que tanto la ciencia como la tecnología modernas tienen mucho que ofrecer pero también crean problemas.
La contaminación del agua provocada por los productos agroquímicos, el aumento de la resistencia a las
plagas y las enfermedades, el acelerado empobrecimiento genético, la erosión del suelo debida al
monocultivo y el aumento de la salinidad de las tierras de regadío son apenas unos ejemplos de lo que puede
ocurrir cuando se considera que la tecnología moderna es, por definición, un progreso y se la utiliza
como la panacea universal. El motivo por el cual millones de agricultores en los países en desarrollo no han
adoptado la tecnología moderna no reside en que ‘no la conozcan’ ni tampoco en que deseen permanecer ‘en su
estado de atraso’. Lo que pasa es simplemente que ésta no se adapta a sus necesidades. En consecuencia, los
agricultores tienen derecho a buscar alternativas.
El segundo prejuicio es una forma clásica de subestimar el conocimiento local: los científicos se ocupan
de la ‘ciencia’ mientras que las poblaciones locales se interesan en la ‘alquimia’, la ‘superstición’ o el
‘pensamiento mágico’. Si quisiéramos respaldar esta idea de que el conocimiento local no es válido,
por una cuestión de lógica pura, deberíamos plantearnos miles de preguntas. Entre las numerosas
posibilidades, mencionaremos:
- Si la domesticación del algodón y de todos los demás cultivos no demandara la
aplicación de conocimientos válidos, entonces ¿por qué la ciencia moderna no ha logrado algo similar?
- ¿Cómo es posible que, prácticamente sin excepción, los pequeños agricultores
prueben, transformen y adapten la tecnología que les rodea y que consideran interesante?
- ¿Por qué se considera que es una superstición, o ‘simplemente’ el resultado de una observación,
la afirmación de los agricultores etíopes de que la Phytolacca dodecandra actúa como un
plaguicida contra los moluscos, cuando la misma declaración, hecha por la Universidad de Toledo
(Estados Unidos), se acepta como un progreso científico para el cual ésta pide un derecho exclusivo
dentro del sistema de protección de la propiedad intelectual.
- ¿Por qué, hace treinta o cuarenta años, se consideraba que la diversidad en las pequeñas
explotaciones agrícolas constituía una clara señal de atraso e ignorancia mientras que ahora
sabemos que es un mecanismo eficiente para reducir los daños causados por las plagas y las enfermedades?
Podríamos seguir dando muchos más ejemplos. Una parte importante de las respuestas a estas preguntas
reside en la arrogancia infinita de la sociedad moderna que está convencida de que el ‘método científico’
es el único para alcanzar el conocimiento. Esta actitud nos ha llevado a ignorar y a atacar los otros sistemas
cognitivos, igualmente válidos y, con frecuencia, más eficaces, completos o profundos.
Si reconociéramos que hay muchas formas de alcanzar el conocimiento y transmitirlo, se podrían
crear las condiciones para que la enorme mayoría de nuestros conciudadanos se convirtiera en contribuyentes
activos del progreso social, científico y tecnológico. Esto exigiría tomar conciencia de algunas
características de los sistemas de conocimiento local.
Primero, el conocimiento es una herencia que cada persona, generación y sociedad recibe y transforma
hasta que lo transmite como legado a sus descendientes. Dicho conocimiento ‘pertenece’ a las generaciones actuales
y futuras del mismo modo que perteneció a los ancestros que lo originaron. El problema de la piratería,
descrito por Hope Shand (Monitor no. 17), no reside en el hecho de que un científico, una universidad o
una empresa dados use el conocimiento elaborado por las comunidades rurales del Tercer Mundo. El problema se plantea
cuando los primeros no reconocen las contribuciones hechas por estas últimas y procuran monopolizar dichos
conocimientos recurriendo a la protección jurídica.
Segundo, el conocimiento local no se restringe al patrimonio exclusivo de grupos étnicos específicos.
Es una forma de conocimiento que, si consideramos la historia, ha estado presente en todos esos pueblos y sociedades que
mantuvieron un contacto íntimo y permanente con la naturaleza circundante. Dicho conocimiento se deriva de la
observación diaria y de la experimentación con formas de vida, sistemas productivos y ecosistemas
naturales así como la existencia o la ausencia de ancestros europeos no ha influido en la capacidad de elaborarlos.
Si en la actualidad han prácticamente desaparecido por completo de los países industrializados y de gran
parte del Tercer Mundo, ello se debe a la agresión permanente de la sociedad moderna, de la urbanización y
de la industrialización agrícola, las que impiden nuestro contacto con muchos fenómenos naturales.
Tercero, las diferentes formas de conocimiento local no son piezas arqueológicas, un patrimonio fosilizado
de la sabiduría alcanzada hace muchos siglos. Son formas vivas y dinámicas, en constante evolución
y cambio. Por este motivo, una vez que dejamos de atacarlo, es posible recuperar este conocimiento, reconstruirlo y
revitalizarlo. Esta revitalización puede asumir muchas formas, incluso algunas que no exigen el contacto directo
con la naturaleza que parece desagradarle tanto a Goldstein.
Si sólo aceptamos como válido el conocimiento obtenido en los laboratorios o mediante cierto tipo de
experimentos, estamos excluyendo una enorme variedad de oportunidades de aprender, disfrutar y mejorar nuestra
función en la tierra. El reconocimiento y el respeto por el valor y el potencial del conocimiento local no
nos empobrecerán. Todo lo contrario, nos darán las armas para combatirla, haciéndolo desde
la raíz, y sobre todo porque puede brindarnos numerosas oportunidades para la capacidad humana e intelectual
que, de acuerdo con Daniel Goldstein, está bloqueada o perseguida en nuestros países.
Afortunadamente, las opiniones como la de Goldstein, aunque todavía predominen, ya no son las únicas
que imperan en la comunidad científica. Con respecto a su consejo, él debería saber que muchos
de nosotros leemos la revista Nature y otras pero yo me sentiría más próximo a ella
si ésta aceptara el fascinante reto que representa informar sobre las diferentes formas de alcanzar el
conocimiento.
Camila Montecinos
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